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¡Resucitó de entre los muertos!

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El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya! (Antífona de entrada de la Santa Misa).

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La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido (1 Corintios 15, 14-17).

En la Resurrección de Cristo se apoya la esperanza de nuestra propia resurrección. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría.

Los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús (Hechos 1, 22; 2, 32; 3, 15). Anuncian que Cristo vive, y éste es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Y esto nos colma de alegría el corazón. La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor. “Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia: en Él, lo encontramos todo: fuera de Él, nuestra vida queda vacía” (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa).

El mundo había quedado a oscuras. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la luz (Juan 8, 12), había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la historia, para cada sociedad, para cada hombre. La luz del cirio pascual simboliza a Cristo resucitado. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas.

La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar luz a otros. Para eso debemos estar unidos a Cristo. “Instaurare omnia in Christo”, da como lema San Pablo a los Cristianos de Efeso (Efesios 1, 10); “hacer que todo tenga a Cristo”, llenar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas: esta es nuestra misión de cristianos, proclamar la Realeza de Cristo en todos los lugares, tiempos, circunstancias y encrucijadas de la tierra.

La Virgen Santísima sabía que Cristo resucitaría. En un clima de oración, que nosotros no podemos describir, espera a su Hijo glorioso. Una tradición antiquísima de la Iglesia nos transmite que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre. La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría.

Nosotros nos unimos a esta inmensa alegría. Santo Tomás de Aquino aconsejaba que no dejáramos de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo (Vida y misericordia de la Santísima Virgen, de Santo Tomás de Aquino).

Es lo que hacemos ahora que comenzamos a rezar el Regina Coeli en lugar del Angelus: “Alégrate Reina del Cielo, ¡aleluya!, porque Aquél a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado”. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

¡En verdad ha resucitado el Señor, aleluya! ¡A Él la gloria y el poder por toda la eternidad! (Lucas 24, 34; Apocalipsis 1, 6).

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